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“Un factor decisivo para recibir la Divina misericordia es la confianza.
(...) La confianza en Dios tiene que ser fuerte y perseverante,
sin dudas ni debilidades” (padre Sopocko).

 

DIVINA MISERICORDIA

Fragmentos del libro del padre Miguel Sopocko
“DIVINA MISERICORDIA EN SUS OBRAS”


 “Los pensamientos de la gente sobre Dios son muy nebulosos, ya que “Nadie ha visto jamás a Dios” (J, 1, 18).

(...) Si nunca hubiéramos visto el sol y solamente lo conociéramos por la luz que hay en un día nublado, no seríamos capaces de tener una idea clara de la fuente de luz diaria. O si nunca hubiéramos visto la luz blanca y solamente hubiéramos conocido los siete colores del arco iris, no podríamos conocer la blancura.
De modo parecido nosotros mismos no podemos percibir el concepto de Ser divino. Sólo podemos conocer sus perfecciones en el estado del múltiplo y de la división, mientras que en Dios las perfecciones son una unidad simple. Dios, - como el ser más perfecto, - es el espíritu más limpio y más sencillo, es decir, no contiene en Sí partes integrantes.
(...) No hay manera de que examinemos a fondo todas las perfecciones referentes a la esencia de Dios, son muchas y difíciles de conocer. (...). De todas las perfecciones, el Señor Jesús distingue una, de la cual, como de una fuente, nace todo lo que existe en la tierra y en la cual Dios quiere ser adorado por toda la eternidad. Es la Divina misericordia. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso...” (Lc 6, 36).


La Divina misericordia es la perfección de Sus actos dirigidos a los seres inferiores para sacarlos de su miseria y suplir sus faltas, - es Su voluntad de hacer el bien a todos los que sufren alguna carencia y que por sí solos no son capaces de eliminarla. Un acto singular de misericordia es la compasión, y el estado de compasión permanente es  la misericordia.
La actitud Divina hacia las criaturas se revela en eliminar las carencias y conceder perfecciones mayores o  menores. El don de las perfecciones meditado en sí mismo, independientemente de las circunstancias, es obra de la bondad Divina que, a cada uno, distribuye dones según Su parecer.
Cuando vemos en Dios un desinterés total en el reparto de beneficios, lo atribuimos a la generosidad Divina. Cuando Dios vigila para que, con ayuda de los beneficios recibidos, lleguemos al fin escogido para nosotros, lo llamamos la Providencia. Distribuir las perfecciones según el plan y el orden fijado con anterioridad es obra de la justicia. Por último el distribuir de perfecciones a las criaturas para sacarlas de la miseria y para eliminar sus carencias - es obra de la Misericordia.


Una carencia no tiene por qué significar miseria, ya que a cada criatura se le debe solamente lo que Dios ha previsto y decidido para ella. Por ejemplo, no supondría la infelicidad para una oveja el no tener intelecto, así tampoco la miseria del hombre consistiría en carecer de alas. Sin embargo, la falta del intelecto en el hombre o de las alas en un ave sería su tragedia y miseria.
Todo lo que Dios hace con las criaturas lo hace siguiendo un orden debido, previsto y decidido por Él, lo que constituye la justicia Divina. Pero, ya que ese orden, habría sido recibido totalmente de buen grado y no habría sido dictado a Dios por nadie, por eso, en el orden establecido hay que incluir la obra de la Misericordia.


Por ejemplo,  a la salvación de Moisés, puesto en la cesta en las aguas del Nilo, en conceptos generales,  la llamaríamos: la bondad de Dios, independientemente de cualquier circunstancia, en cuanto que para Dios no tiene interés y no le era necesaria realizarla, y que el niño mismo no merecía. Es obra de la generosidad Divina.  A La salvación de Moisés motivada por la decisión de Dios de sacar a los Israelitas de Egipto con su ayuda,  la llamaríamos: la justicia Divina. El velar por un niño en el río, abandonado y expuesto al peligro,  lo atribuimos a la providencia Divina. Finalmente, el sacar al niño de la miseria, del abandono y satisfacer sus carencias, otorgarle muchas perfecciones en forma de adecuadas condiciones de vida, de desarrollo, educación y formación, es obra de la Divina misericordia.


Debido a que en cada uno de los momentos mencionados de ese ejemplo nos llama la atención, la miseria del niño y las diversas carencias, podemos decir que la bondad Divina es misericordia, que crea y que da; la generosidad Divina es misericordia que generosamente concede dones sin méritos, la providencia Divina es misericordia que vigila, la justicia Divina es misericordia que premia por encima de los méritos y castiga menos que las culpas. Finalmente el amor de Dios es misericordia que compadece a la miseria humana y nos atrae hacia sí. En otras palabras, la Divina misericordia es el motivo principal de la actividad de Dios fuera de Sí, o sea, es el origen de cada obra del Creador.
En toda la Sagrada Escritura se encuentran más de 400 fragmentos donde se glorifica directamente la Divina misericordia, en el Libro de los Salmos son 130.  Y Muchos más fragmentos cantan indirectamente la Divina misericordia.
Dios desea enseñarnos sobre Su vida interior, sobre Su actitud hacia las criaturas, particularmente hacia las personas. Dios desea ser adorado por nosotros en la Misericordia, para que Le imitemos en las obras”.


“El Evangelio no consiste en pregonar
que los pecadores deban hacerse buenos,
sino que Dios es bueno para los pecadores” (“Diario” p. Sopocko).

 

EL CULTO A LA DIVINA MISERICORDIA


 “El amor de Jesucristo hacia nosotros es divino y humano a la vez, ya que Él tiene una naturaleza y una voluntad divina y humana. Por eso, el Santísimo Corazón del Salvador lo podemos interpretar como el símbolo de Su triple amor hacia nosotros: divino, humano espiritual y humano sentimental.
En el culto del Santísimo Corazón de Jesús adoramos, sobre todo, el amor humano de Jesús al género humano, junto a Su amor divino a nosotros, que, como el amor a la pobreza, es la Divina misericordia. En ese culto pues, adoramos sólo una huella de la Divina misericordia, que sólo está relacionada con esa devoción.


En el culto a la Divina misericordia, el objeto material más cercano es la sangre y el agua del costado del Salvador abierto en la cruz. Son el símbolo de la Iglesia. (...) La sangre y el agua brotan sin cesar en la iglesia en forma de gracias que limpian el alma (en el Sacramento del Bautismo y de la Penitencia) y que son vivificadoras (en el Sacramento del Altar), cuyo autor es el Espíritu Santo, que el Salvador había enviado a los Apóstoles.
(...) El objeto formal de este culto, es decir su motivo, es la infinita misericordia del Padre, Hijo y Espíritu Santo para el hombre caído. Es el amor de Dios al género humano en un sentido más amplio, pues no es amor por la predilección o por la perfección, sino amor compasivo por la miseria del hombre.
(...) De lo dicho resulta que el culto a la Divina misericordia es la lógica consecuencia de la devoción al Corazón de Jesús con el cual había estado relacionado, pero ahora está aparte y no se identifica con él, pues tiene otro objeto material y formal, con otro objetivo diferente: se refiere a las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad y no sólo a la Segunda como aquel, y se corresponde más  con estado psíquico del hombre de hoy, al que le hace falta la confianza en Dios. “Jesús, en Ti confío”, y por Ti confío en el Padre y en el Espíritu Santo.


 (...) La devoción a la Divina misericordia – a la misericordia con la que nos obsequia Dios en el Sacramento de la Penitencia - pertenece a los cultos que corresponden a todas las almas. Pues tiende a adorar al Misericordioso Salvador no en algún específico estado o misterio Suyo, sino en Su misericordia universal, en la que todos los misterios encuentran la explicación más profunda. Y aunque esa devoción es claramente un culto aparte, contiene en sí algo universal. Pues nuestro homenaje se dirige a la adorada Persona de Dios - Hombre. Lo expresa la jaculatoria: “Jesús, en Ti confío”, que inspira en el hombre la conciencia de su miseria y pecado, y la virtud de la confianza, que es la base de nuestra justificación”.

 

LA CONFIANZA


“Un factor decisivo para recibir la misericordia de Dios es la confianza.
La confianza natural, o sea, esperar ayuda humana- es el fundamento de la vida del hombre. Pero tener esperanzas de obtener ayuda humana a menudo falla. En cambio, quien confía en Dios, nunca queda decepcionado. “Pero la piedad cercará al que se confía a Yahvé” (Sal 31, 10). (...) en Su discurso de despedida tras la Ultima Cena, Jesús, al dar los últimos encargos y anunciar a los Apóstoles el sufrimiento que les esperaba por Su nombre, se refiere  o acude a la confianza, como una condición indispensable para aguantar y ganarse la ayuda de la Divina misericordia. “En el mundo tendréis que sufrir; pero tened valor, pues yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Son las últimas palabras del Salvador antes de la Pasión, palabras que había anotado su querido Apóstol, queriendo recordar a todos creyentes, hasta el fin de los tiempos, lo  necesaria  que es la confianza,  que no sólo es recomendada, sino también mandada por el Salvador.


¿Por qué Dios aconseja tanto tener confianza? Porque ella es el homenaje a la Divina misericordia. El que confía en la ayuda de Dios, confiesa que Él es omnipotente y bueno, y que puede y que quiere ayudarnos, que es, ante todo, misericordioso. “Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno” (Mr, 10, 18).
Tenemos que reconocer a Dios en la verdad, ya que un falso conocimiento de Dios, enfría nuestra actitud hacia Él y estorba las gracias de Su misericordia.
(...) Nuestra vida espiritual depende generalmente de los conceptos que tengamos de Dios “que nos hagamos”. Si nos creamos conceptos falsos sobre el Señor Altísimo, nuestras relaciones con Él serán erróneas, y nuestros esfuerzos para repararlas - vanos. Si tenemos un concepto superficial de Él, en nuestra vida espiritual habrá muchas carencias e imperfecciones. Y si el concepto es verdadero, según las posibilidades humanas, nuestra alma, con toda seguridad, se desarrollará en santidad y en la luz.


Así pues, el concepto de Dios es una clave para la santidad, ya que determina nuestra actitud hacia Dios y también la de Dios hacia nosotros. Dios nos adoptó por  Sus propios hijos  , pero, desgraciadamente en la práctica no nos comportamos como hijos: el ser hijo de Dios suele ser solamente una expresión y en la vida no mostramos la confianza de niño hacia un Padre tan bueno. (...) La falta de confianza dificulta a Dios darnos beneficios, es como una nube oscura que frena la actividad de los rayos del sol, como un dique que estorba el acceso del agua de un arroyo.


(...) Nada da a la omnipotencia Divina tanta gloria como hacer omnipotentes a los que en Él confían. Pero para que nuestra confianza nunca falle, ha de distinguirse de ciertas cualidades señaladas por el mismo Rey de Misericordia.
(...) Confiando en Dios no se puede confiar demasiado en sí mismo, en los propios talentos, en el juicio propio y en la propia fuerza, porque entonces Dios negará la ayuda y nos dejará convencernos de nuestra ineptitud de la propia experiencia. En los asuntos divinos deberíamos tener miedo de nosotros mismos y estar convencidos de que el hombre por sí solo, únicamente podría deformar y hasta destruir los planes Divinos.


La confianza en Dios tiene que ser fuerte y perseverante, sin dudas ni debilidades. Abraham tenía esa confianza, cuando iba a ofrecer a su hijo. Una confianza así, la tenían los mártires. En cambio a los Apóstoles les faltó esa virtud durante la tormenta y por eso Jesús les reprochó: “¿Por qué tanto miedo? ¡Tenéis muy poca fe!” (Mt, 8, 26).
Teniendo una confianza fuerte, hay que evitar la pusilanimidad y la temeridad. La pusilanimidad es la peor de las tentaciones, ya que, en cuanto perdamos la valentía de progresar en el bien, pronto caemos en el abismo de malas acciones. Y la temeridad expone al peligro (por ejemplo, una ocasión para pecar) si esperamos de que Dios nos salve. Es tentar a Dios, lo cual suele terminar trágicamente para los que le tientan.


Para nosotros la confianza debería acompañar al temor, que es la consecuencia de conocer nuestra miseria. Sin temor, la confianza se hace arrogancia y el temor sin la confianza, pusilanimidad. El temor acompañado por la confianza se hace humilde y valiente, y la confianza con el temor se hace fuerte y modesta. Para que un  embarcación de vela navegue hace falta viento y cierto peso que la sumerja en el agua para que no se tumbe. Igual nosotros, necesitamos el viento de la confianza y el peso del temor. “El Señor ama a los que Lo temen y a los que esperan en su misericordia” (Sal 146, 11). La confianza debe ser acompañada por el anhelo, o sea, por el deseo de ver las promesas Divinas y de unirnos a nuestro amado Salvador. (...) El ansia de Dios debe estar de acuerdo con la voluntad de Dios, tiene que ser muy humilde, tanto en el sentimiento como en la voluntad que ha de animarnos al trabajo constante y a nuestro ofrecimiento completo a Dios. Sin embargo, el anhelo confiado debe basarse en una penitencia sincera por los pecados, de otro modo, sería una ilusión.


Cuando un barco en una tormenta desenfrenada pierde palo, cuerda y timón, y las olas espumosas lo empujan hacia las rocas en las que puede estrellarse, los marineros espantados, como último recurso, bajan el ancla para que el barco se pare y se salve. El ancla es, para nosotros, la confianza en la ayuda Divina.
(...) “¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en El tiene puesta su confianza! Es como árbol plantado al borde de las aguas que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto” (Jer, 17, 7-8).


Sobre todo, la confianza es el homenaje rendido a la Divina misericordia que da fuerza y valor al que confía, para vencer las mayores dificultades.
(...) La confianza en Dios elimina toda tristeza y depresión, y llena el alma con gran alegría, hasta en las condiciones de vida más difíciles.
(...) La confianza hace milagros, ya que tiene a su servicio la omnipotencia Divina.
(...) La confianza da la paz interior que el mundo no puede ofrecer. La confianza abre paso a todas las virtudes.
Existe una leyenda que cuenta cómo todas las virtudes decidieron abandonar la tierra, manchadas de muchas acciones malas, y volver a la patria celestial. Cuando se acercaron a las puertas del Cielo, el portero admitió a todas, excepto a  la confianza, para que la pobre gente en la tierra no caiga en una desesperación entre todas las tentaciones y sufrimientos. En vista de ello, la confianza tuvo que volver y, tras ella, volvieron las demás virtudes.


La confianza consuela, en particular, al hombre agonizante que en el último momento se acuerda de todos los pecados cometidos en su  vida, lo cual le lleva a la desesperación. Pues a los agonizantes hay que darles los actos de confianza necesarios, hay que enseñarles la madre patria cercana, donde el Rey de la Misericordia espera con alegría a los que confían en Su misericordia. La confianza asegura una recompensa tras la muerte como lo demuestran muchos ejemplos de los Santos. Particularmente Dimas - el criminal agonizante en la cruz, junto a Jesús, se dirigió a Él con confianza en el último momento de su vida y oyó la dichosa afirmación: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.


(...) Así habla el Señor: "¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor! Él es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita” (Jer 17, 5-6). Es la imagen del mundo de hoy, tan confiado en sí mismo, en su sabiduría, en su fuerza, en sus inventos que, en vez de hacerle feliz, le inspiran miedo de autodestrucción. Sin duda los inventos son una cosa buena y de acuerdo con la voluntad de Dios que dijo: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra, sometedla...” (Gén 1, 28), pero no se puede confiar solamente en la mente, olvidándose del Creador, del culto y de la confianza que se le debe a Él.


La confianza se la puede comparar con una cadena colgante del cielo a la que sujetamos nuestras almas. La mano de Dios levanta la cadena y se lleva a los que están agarrados fuertemente a ella. (...) Sujetemos pues esa cadena en la oración como el ciego de Jericó, que, sentado en el camino, llamó con perseverancia: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Confiemos en Dios en las necesidades terrenales y eternas, en sufrimientos, peligros y desamparos. Confiemos incluso cuando nos parece que Dios nos ha dejado, cuando nos niega Sus consuelos, cuando no nos escucha, cuando nos agobia con la pesada cruz. Es cuando hay que confiar en Dios más, porque es el tiempo de prueba, de experiencia por las que debe pasar cada alma.


Espíritu Santo, dame la gracia de la confianza inquebrantable por los méritos de Jesús y de la confianza temerosa por mi debilidad.

Cuando la pobreza llame a mi puerta: JESÚS, EN TI CONFÍO.
Cuando me afecte una enfermedad o me toque una discapacidad: JESÚS, EN TI CONFÍO.
Cuando el mundo me rechace y me persiga el odio: JESÚS, EN TI CONFÍO.
Cuando una falsa acusación me manche y me harten de amargura: JESÚS, EN TI CONFÍO.
Cuando me abandonen mis amigos y me hieran con palabras y acciones: JESÚS, EN TI CONFÍO.

Espíritu de amor y misericordia, sé mi refugio, mi dulce consuelo, dichosa esperanza, para que en las circunstancias más difíciles, no deje de confiar en Ti”.

 

LA ORACIÓN
EL CAMINO A LA DIVINA MISERICORDIA


“Dios en su infinita Misericordia nos ha preparado para cada uno de nosotros numerosas e infundidas gracias, virtudes, dones, frutos y bendiciones, pero para recibirlos se necesita de nuestra parte la oración con la que expresemos el deseo de recibir esas incontables manifestaciones de la Divina misericordia. En contra de nuestra voluntad, no Dios concede Sus gracias.
De los dos canallas que estaban en la cruz, uno de ellos reza y va al cielo, el otro blasfema y sucumbe. (..) La oración es necesaria para todos: tanto para los pecadores como para los justos. Sin la oración los pecadores no romperán las cadenas de sus viejas adicciones y no recibirán la Divina misericordia. Sin la oración los justos no progresarán en el camino de la virtud y no permanecerán en sus alturas durante largo tiempo sino que caerán pronto vencidos por la tentación.


(…) Dios siempre es el Señor en el trono y el hombre siempre es el ser a los pies de Su trono. Allí está el sitio del hombre, y allí – de rodillas,  gana el verdadero valor y la alegría: “Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (J 16,24). (…) Cuánta infinita Misericordia promete a los que van a rezar. No sólo serán escuchados sus ruegos, sino todavía en esta Vida gozarán de la plenitud de alegría.
¿Sólo nosotros rezamos? (…) El Espíritu Santo es el autor de nuestra santificación, en la que la oración juega un papel muy importante; esa oración, de forma particular, debe depender de  Él: “Nadie puede decir:¡Jesús es Señor! sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3). Él nos enseña su grandeza, necesidad y fuerza,  infundiendo al mismo tiempo cierto anhelo por ellas. En otras palabras, Él nos da el espíritu de la oración que es una de las condiciones más indispensables para que sea efectiva.


(…) Él penetra en las profundidades de nuestros corazones y sabe mejor que nadie lo que necesitamos para ser salvados. Él, precisamente, nos sugiere aquello por lo que debemos rezar y que nos lleve a la perfección. Él nos enseña una buena manera de rezar para llenarnos de piedad, fervor, confianza y persistencia.
(…) Así de estrecha es la relación del Espíritu Santo con la oración, que es el camino a la Divina misericordia, y – al mismo tiempo – en su efectividad, es la Obra de esa misericordia. (…) Rezar y recibir la misericordia es lo mismo que tener el Corazón de Dios y la salvación del alma.


(...) Tenemos que orar con sencillez, presentándonos tal como somos, con las habilidades y los medios que Dios nos ha dado. (...) Además se necesita tener el talento inventivo en la oración, sacarla del alma, desde la profundidad del corazón elevado hasta el estado sobrenatural. (...) No sé a qué orgullo se debe la convicción de la persona que reza, de que la calidad de la oración se mide con los esfuerzos extraordinarios que ella misma hace. Pues nosotros mismos no tenemos esa capacidad, ya que el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo, apoya nuestra incompetencia y reza en nosotros mismos a través de un suspiro indecible. Si la oración surge de Él, del corazón, atraviesa los cielos y lo recibe todo.


“...es menester orar siempre, y no desalentarse” (Lucas, 18.1).
“Persistir en la oración (...) no limitarse usando libros de oración, más bien rezar con el espíritu de la fe, sometiéndose a la voluntad de Dios, glorificando Su esencia, Su belleza, Su grandeza y Su bondad – lo que nos ilusiona. (...) No siempre podemos tener pensamientos nuevos, pero siempre podemos dirigir a Dios nuestras emociones en las que se juntan todos los poderes del alma. Gracias a ese tipo de oraciones, los santos realizaban grandes obras, atravesaban el mundo entero y hacían de su trabajo una oración”.


“Toda la historia de la humanidad está marcada por los esfuerzos hechos por Dios
para entablar una conversación con el hombre.
(...) Si dejas de hablar con Dios [rezar] no conocerás a Jesús,
y no le oirás hablarte” (“Diario” p. Sopocko).

 

EL ESPíRITU DE LA FE


“Auméntanos la fe” (Lucas, 17.5).
Así los apóstoles pedían al Salvador que aumentara su fe, porque entendían que la fe es una gracia, el don de la Divina misericordia, del que, por sí solos, no eran dignos y, por eso, con humildad pedían ese don como el mayor beneficio “Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería” (Lucas 17.6). Aquí Jesucristo habla de la fuerza de la fe, para animar a los alumnos a que la desearan y la pidieran.


(…) La fe es aceptar como verdad lo que Dios nos reveló y  que por medio de la Iglesia dio a creer – es el homenaje de nuestra mente – sin reservas - a la veracidad de Dios. (…) “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14.6). Al aceptar el testimonio de Jesucristo y,entregando nuestra razón a Sus palabras, realizamos la profesión de fe, que repetida con frecuencia forma el Espíritu de la fe. Para nacer de Dios y ser hijo suyo es necesario creer y aceptar a Jesucristo.
(…) La fe eleva el Alma por encima del mundo natural y nos da la victoria sobre él y deja adentrarnos en la esfera donde los ojos del mundo no tienen acceso. “…vuestra Vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses, 3.3).


(...) La vida de la gracia recibida en el bautismo es la semilla de la que debe crecer la santidad cristiana, la que a fe es el fundamento y la raíz. Como el árbol se nutre de las raíces, del mismo modo la vida cristiana se nutre de la fe: ella es el requisito indispensable de la vida, de todo el progreso espiritual y de la cima de la perfección. (...) Cuando vivimos por la fe, cuando ella es la raíz y la fuente de todas nuestras actividades, entonces la vida se llena de fuerza y estabilidad, a pesar de las dificultades externas e internas, a pesar de la oscuridad, de las adversidades y de las tentaciones. Entonces juzgamos todo tal como Dios lo juzga, participamos en la inmutabilidad - la constancia de Dios.


Desarrollemos y fortalezcamos la fe con actos adecuados, no sólo durante los ejercicios espirituales, sino también durante las actividades normales que realicemos. Mirémoslo todo con los ojos de la fe, y evitemos el tópico, que es uno de los mayores peligros en nuestras vidas. Penetremos con la fe hasta el más pequeño de nuestros actos, todos los días, desde la mañana hasta la noche, y cuanto más actuemos en la fe, cuanto más fuerte sea, más celosa tanto más abundaremos en la alegría y en la paz, ya que con la ampliación de nuevos horizontes,  se fortalecerá nuestra esperanza y aumentará nuestro amor a Dios y al prójimo”.


 

ACTOS DE MISERICORDIA


LA VIRTUD DE LA MISERICORDIA
- EL DEBER DE HACER ACTOS DE MISERICORDIA


La virtud de la misericordia es el lazo de unión entre las personas  y la madre vigilante que a todos los que sufren salva y consuela, es una imagen de la Divina providencia, ya que tiene los ojos abiertos a las necesidades de todos, es sobre todo, el reflejo de la misericordia Divina, como dijo el Salvador: “Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso”(Lc 6, 36). Debemos comprender que esa virtud nos es no solamente recomendada, sino que es un estricto deber para todo cristiano. Muchas personas tienen un concepto erróneo sobre la virtud de la misericordia, piensan que, realizando actos misericordiosos hacen sacrificio y que las gracias recibidas dependen de su voluntad y de su buen corazón.


Pero ocurre completamente lo contrario. La virtud de la misericordia no es sólo un consejo que se puede aprovechar o ignorar sin pecado; es una ley estricta y un deber. De su cumplimiento nadie se puede liberar. Esto se deriva de la Sagrada Escritura, de la voz de la mente, de la relación de nuestra hermandad. Ya en el Antiguo Testamento esa virtud obligaba rigurosamente a todos. Leemos en los libros de Moisés: “Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano al pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra” (Dt 15, 11).


(...) Hasta más, el deber de la misericordia nos lo impone el Salvador. Describiendo el Juicio Final pone en la boca del juez la siguiente sentencia: “Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles”(Mt 25, 41).
(...) Y como único motivo menciona la falta de actos de misericordia hacia los prójimos. “Pues tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me disteis alojamiento, desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me vinisteis a visitar (...) En verdad os digo, que todo lo que no hicisteis por una de estas personas, por humildes que sean, tampoco por mí lo hicisteis” (Mt 25, 42- 45).


Después de las palabras de Jesús, probablemente no hay que demostrar que la virtud de la misericordia es una rigurosa obligación, porque Dios, que es justo no puede castigar por lo que no había sido dictado. (...) Los innumerables fragmentos de la Sagrada Escritura hablan del premio terrenal por la misericordia demostrada al prójimo: “El que se apiada del pobre presta al Señor, y él le devolverá el bien que hizo” (Prov. 19, 17).
(...) y más bendición y gracias promete Jesús a los misericordiosos: “Dad a otros, y Dios os dará a vosotros. (...) Dios usará con vosotros la misma medida que vosotros uséis con otros” (Lc 6, 38).


(...) El pago por la misericordia no se termina con las cosas terrestres. Cien veces más valiosos son los bienes espirituales con los que Dios recompensa esta virtud, todas ellas se encierran en una expresión: el perdón y la gracia de Dios. Es el bien mayor, el tesoro más preciado, la perla más preciosa que se puede encontrar fácilmente, practicando la virtud de misericordia hacia los prójimos.
Si alguien tuvo la mala suerte de aflojar su fe y yerra por la vida como un ciego, que sea misericordioso y en ese camino seguro que encontrará la luz celeste perdida. Y si alguien todavía no ha llegado a conocer la Divina misericordia y por eso no puede imitarla, que empiece con la práctica de la misericordia hacia los prójimos y seguro que se cumplirán en él las palabras del Salvador: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5, 7).
(...) La virtud de la misericordia nos consigue las gracias y la luz, nos limpia de pecados, dirigiéndonos al Sacramento de la Penitencia, salva el alma de la muerte, o sea de la condenación eterna, como dice la Sagrada Escritura: “pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas” (Tob 4, 11).


(...) Para recibir el premio eterno por los actos misericordiosos deben cumplirse unas condiciones, es decir: hay que cumplirlas con intención pura, de buena gana, sin cesar y sin mirar a quien las hacemos.

(...) ¡Qué honor tan grande sustituir a Dios en la tierra haciendo Su misericordia y sacar a los hermanos de la miseria y eliminar sus carencias físicas o morales!

(...) ¡Qué felicidad para nosotros que Dios nos permite tan fácilmente expiar los pecados y merecer la recompensa eterna!”




“La santidad no es sólo el privilegio de un grupo de elegidos,
sino de todos sin excepciones – de los mayores pecadores”
(“Diario”, padre Sopocko).

 

 

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